Carritos de Luz

Septiembre 16, 2008

Seis amigos decidimos hacer un viaje a la paradisíaca playa de punta veleros. Sin embargo a través de  ciertas triquiñuelas circunstanciales el azar parecía empeñado en negarnos la visa de partida a esta playa. Y es que lo escuché ponerse deacuerdo con la agencia para no vendernos boletos. Además uno de nosotros logró distinguirlo entre el grupo de maleantes que intentaron cambiarnos el equipaje por  algunos de sus golpes.

 

Sin embargo la aparición de un bus pirata, que prometía llevarnos a nuestro destino por un precio bastante accesible, dictaminó lo contrario.

 

Como es de imaginar aquel transporte motorizado demoró más de la cuenta en llegar.

Ya en la playa localizar el bungalow, donde nos quedaríamos, fue tarea sencilla. Entramos en él, escogimos los cuartos, dejamos nuestras cosas e inmediatamente salimos con rumbo a la playa. En el camino recogimos algunos leños para hacer una fogata, la cual encendimos con unas bolitas de nieve. Nos pusimos a conversar y a tomar ron por un largo rato. De pronto la borrachera se me subió a la cabeza, para quitármela decidí meterme al mar. Al salir casi todos se habían marchado, menos F.  

 

Me senté frente a ella dándole la espalda al paciente mar. La contemplaba idiotizado. Su piel canela me recordaba el atardecer. Sus grandes ojos alegres reflejaban el mar y la brisa. Y sus ondeantes rizos, no solo seducían al viento sino también a mi pasión.

Por primera vez estábamos solos, quizás fue por eso que me atreví a decirle, sin cuajo, que me gustaba, que me gustó desde que la vi. Sonrío levemente.

Nos pusimos a conversar, contándonos historias de un pasado mejor al real, contándonos historias que no eran de nosotros, pero que de algún modo eran nuestras. Y nos olvidamos del calor de la noche, gracias a la fogata de nieve.

Ella poco a poco se fue acercando, poniéndome muy nervioso.

 

Por eso fue que le pregunté: ¿qué te sucede?

Con una voz etérea me respondió: necesito un abrazo.

 

Siguió acercándose cada vez más. Para comprobar que esto no era un sueño, le dije que necesitaba un balazo. Me miro, extendió su mano e imitó la forma de un arma, de una pistola, la colocó a la altura de mi corazón, jaló aquel gatillo imaginario y al hacerlo mi alma le perteneció.

No pude contenerme, la abrace. Ella se acurrucó en mi hombro. En ese instante quise decirle que no se separara nunca de mi, ella se me adelantó al hablar y me dijo: shhhhh, solo quédate callado. Me aferré a aquel abrazo, cerré mis ojos y al abrirlos me di cuenta que flotábamos en el aire, lejos de la fogata de nieve y del paciente mar, rumbo a mi carrito de luz, para fugar con dirección a sus poemas y vivir aquellas extrañas historias. 


Y los muchachos pusieron huevos

Septiembre 12, 2008

Por un descuido de la defensa nacional, la seleccion albiceleste marcó, a pocos minutos del término del encuentro, el 1-0.

A todas luces un premio inmerecido para los argentinos, quienes tuvieron un juego parco y desganado durante casi todo el partido. Por el contrario el seleccionado peruano jugó con entrega, con garra, con determinación y sobre todo con táctica y orden.

Nuestra seleccion luchó cada balón durante los 90 minutos y dejó todo en la cancha. No se ahuevo ante un rival de la “jerarquía” de Argentina y le puso punche al partido. Punche que demostró Juan Manuel Vargas al desbordar desde la media cancha hacia el área rival, quitándose de encima a dos defensores gauchos, para luego lanzar un centro preciso,  que Johan Fano convertiría en el agónico, pero merecido gol del empate.

Desde el estadio monumental informó el chato del mal, para radio la rumba… buscando gente que le zumba.