Seis amigos decidimos hacer un viaje a la paradisíaca playa de punta veleros. Sin embargo a través de ciertas triquiñuelas circunstanciales el azar parecía empeñado en negarnos la visa de partida a esta playa. Y es que lo escuché ponerse deacuerdo con la agencia para no vendernos boletos. Además uno de nosotros logró distinguirlo entre el grupo de maleantes que intentaron cambiarnos el equipaje por algunos de sus golpes.
Sin embargo la aparición de un bus pirata, que prometía llevarnos a nuestro destino por un precio bastante accesible, dictaminó lo contrario.
Como es de imaginar aquel transporte motorizado demoró más de la cuenta en llegar.
Ya en la playa localizar el bungalow, donde nos quedaríamos, fue tarea sencilla. Entramos en él, escogimos los cuartos, dejamos nuestras cosas e inmediatamente salimos con rumbo a la playa. En el camino recogimos algunos leños para hacer una fogata, la cual encendimos con unas bolitas de nieve. Nos pusimos a conversar y a tomar ron por un largo rato. De pronto la borrachera se me subió a la cabeza, para quitármela decidí meterme al mar. Al salir casi todos se habían marchado, menos F.
Me senté frente a ella dándole la espalda al paciente mar. La contemplaba idiotizado. Su piel canela me recordaba el atardecer. Sus grandes ojos alegres reflejaban el mar y la brisa. Y sus ondeantes rizos, no solo seducían al viento sino también a mi pasión.
Por primera vez estábamos solos, quizás fue por eso que me atreví a decirle, sin cuajo, que me gustaba, que me gustó desde que la vi. Sonrío levemente.
Nos pusimos a conversar, contándonos historias de un pasado mejor al real, contándonos historias que no eran de nosotros, pero que de algún modo eran nuestras. Y nos olvidamos del calor de la noche, gracias a la fogata de nieve.
Ella poco a poco se fue acercando, poniéndome muy nervioso.
Por eso fue que le pregunté: ¿qué te sucede?
Con una voz etérea me respondió: necesito un abrazo.
Siguió acercándose cada vez más. Para comprobar que esto no era un sueño, le dije que necesitaba un balazo. Me miro, extendió su mano e imitó la forma de un arma, de una pistola, la colocó a la altura de mi corazón, jaló aquel gatillo imaginario y al hacerlo mi alma le perteneció.
No pude contenerme, la abrace. Ella se acurrucó en mi hombro. En ese instante quise decirle que no se separara nunca de mi, ella se me adelantó al hablar y me dijo: shhhhh, solo quédate callado. Me aferré a aquel abrazo, cerré mis ojos y al abrirlos me di cuenta que flotábamos en el aire, lejos de la fogata de nieve y del paciente mar, rumbo a mi carrito de luz, para fugar con dirección a sus poemas y vivir aquellas extrañas historias.
